
Marco llamó al timbre, bajo en mano, y en seguida nos atendieron. Era la primera vez que en lugar de abrirme la puerta alguno de los dueños de la casa, lo hacía una empleada del hogar. ¡Menudo nivel! La chica era joven y extranjera, del Este, o al menos lo parecía. Nos miró uno a uno de arriba a abajo. Marco le explicó que íbamos a ver a Luis, que nos estaba esperando. Recelosa, terminó abriendo la puerta.
Si la fachada era imponente, lo poco que pude ver del interior, lo era aun más. Largos pasillos en negro y blanco se extendían, interminables, ante mis ojos. Sin darme cuenta estaba ya subiendo escaleras, siguiendo a Rober, con David guardándome las espaldas. No sé cuántas escaleras subí, pero el camino se me hizo eterno. Hasta que en uno de los pisos apareció el susodicho Luis, de pelo castaño claro y revuelto, alto y desgarbado, parecía que acababa de salir de la cama. Nada más lejos de la realidad.
Dos besos y unos cuantos abrazos y palmadas en la espalda después, nos condujo al ático. Nada más abrir la puerta, pensaba que estaba soñando. No abrí la boca por no quedar como una tonta, pero no pude evitar que la expresión de mis ojos se agrandara. Un esplendoroso estudio se escondía en aquella casa que era al menos 50 veces más grande que mi pequeño piso. Sofás con reposa piernas, cuatro o cinco guitarras eléctricas, un bajo, una batería y un maravilloso piano de cola estaban bien dispuestos ante mí.
El intercambio fue rápido. Rober recuperó su guitarra eléctrica a cambio de la acústica de Luis. Lo mismo ocurrió con el bajo de Marco. David solamente tenía que recoger un pedal de distorsión. Apenas escuchaba lo que hablaban, creo que recordaban viejos tiempos o algo así y Luis quería que tocasen juntos una última vez. Pero, yo no podía dejar de mirar el piano. Tan grande y hermoso, tan tentador.
Rober me dio un golpecito con el codo, sacándome de mi ensimismamiento:
- ¿Por qué no tocas? - Me dijo.
- Luego. Primero quiero escucharos a vosotros.
Comenzaron a tocar una canción que no conocía y que solo parecían recordar Luis y Rober, aunque seguí sin prestar demasiada atención a lo que hacían. Cuando terminaron, Rober se volvió a acercar a mí y me señaló el piano.
- Es que... me da vergüenza.
No pude decirle toda la verdad, muy a mi pesar. Pero hoy estoy aquí para expiarme de mis pecados.
No toqué por miedo. Por miedo a mostrarme vulnerable frente a ellos. Por miedo a haber perdido la fuerza de mis dedos. Por miedo a emocionarme. Por miedo a quedarme definitivamente anclada al pasado. Por miedo a haber perdido mi talento. Por miedo a tener que explicar muchas otras cosas.
Cuando me quise dar cuenta, ya estaba fuera del estudio, de la casa rosa. Montada en el coche verde de Rober. El coche de la gira. Sin piano. Sin miedo. Ardiendo por dentro.
Pues yo pensaba pedirte un bis...
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